Kaylee se quedó mirando la puerta con una mirada fría que carecía de sentimientos. Lo cierto es que ella nunca había tenido una amiga, y mucho menos un amigo. Tenía... hermanos, y hermanas. Muchos. De todas las edades... Y Mark también lo sería dentro de poco. Pero nunca había tenido la confianza que tienen una pareja de amigos. Lo más parecido a eso que había tenido acabó muerta.
Sonrió al recordarlo pero una pequeña luz entristecida se encendió dentro suyo. Abrió la puerta y se encontró al pequeño John sentado en el pasillo con cara de enfadado.
—¿Que ocurre John?— preguntó ella agachándose para estar a la altura de sus ojos.
— El nuevo ha ocupado la cama de Mike... ¡Mike volverá! ¿Por qué duermen en su cama? ¿Y si llega hoy por la noche, o mañana por la madrugada? ¡Es injusto!— protestó el niño inocentemente.
Kaylee se lo miró, con una ternura escondida detrás de una expresión vacía. Se levantó y fue hacia la habitación de John, su difunto hermano Mike y su amigo Reiss. Abrió la puerta sin llamar antes, y miró a Mark que estaba hablando con Reiss.
—Mark, no puedes quedarte en esta habitación. — dijo ella finalmente.
—Charlie me dijo que ahora era mía, que podía dormir aquí.
—Coge tus cosas. —respondió ella.
Se lo miró y al ver que no respondía mató a la mosca que pasaba por su lado. Él abrió mucho los ojos y cogió su maleta aún sin deshacer. Se despidió de Reiss con un golpe de cabeza y salió por la puerta.
—¿Y se puede saber por qué me has echado cuando Charlie me la dió?
—En dónde tu estabas sentado hace un minuto, hace dos semanas se sentaba un chico llamado Mike. —explicó ella.
—¿Era tu novio?— dijo él con una voz vacilante.
—No. Era el hermano de John, el niño pequeño con rizos rubios que seguramente has visto salir. Murió hace dos semanas en un Haoyu.
—¿Que es eso?—preguntó con cara de preocupación.
—Ya te lo contarán.
Llegarón a la habitación de Kaylee y ella abre la puerta.
—Puedes quedarte la cama de Claire mientras ella está fuera. Primera regla, no toques mis cosas. Segunda regla, no ronques. Tercera regla, no tengas tus cosas desordenadas. Y cuarta regla, no toques mis cosas. Otra vez. —dijo ella.
—Vale.. gracias.
—Te doy quince minutos para de te deshagas la bolsa. Luego te presentaré a todo el mundo. —añadió ella secamente.
—Kay.. digo, Kaylee, ¿por qué lo haces?—preguntó él con un hilo de voz.
—Me importaba Mike, me lo ha pedido Charlie y no quiero que John no pase mal.—respondió antes de irse.
Mark dejó su bolsa en la cama vacía. Sabía que era aquella por que la pared también carecía de color. Miró por la ventana y supo que aquella habitación era la mejor de toda la casa. Estaba al final del pasillo y daba a la esquina. Una esquina redonda ahora llena de dibujos. Se quedó parado mirandolos y se permaneció allí durante diez minutos. Los necesarios para que Kaylee volviera y lo viera allí derecho cómo una estatua.
—¿Que haces? —preguntó ella apoyada en el marco de la puerta.
—¿Los has hecho tu?—preguntó.
Ella asintió lentamente.
—Son geniales. —añadió él con un toque de sorpresa.
—Ajá, tu bolsa también lo sería si estuviera vacía. —soltó ella sarcásticamente.
Se acercó a la maleta, la abrió y de ella sacó tres jerséis de lana, dos libros, unos zapatos y unos tejanos desgastados.
—¿Sólo llevas eso? —preguntó ella.
—Sí, con eso sobrevivo. ¿A caso necesito mucha ropa para vivir?—preguntó él.
Ella se rió a carcajadas. Él la miraba sorprendida, su pulso se aceleró. Era realmente preciosa.
Se fueron por el camino que llevaba a lakehouse con un silencio incómodo. De esos que te gustaría romper con cualquier tontería con el fin de que desapareciese. Los árboles y su verde provocaban harmonía, el sol aún estaba por caer, una suave brisa corría entre las hojas de los árboles haciendo que se moviesen al ritmo de un compás desconocido. El río fluía rápidamente, y los pájaros cómo era normal, salían volando. Mark miraba todo, intentando aprenderse el camino hacia su ahora hogar.
—¿Andas todo esto cada día?— le preguntó él, mirando hacia atrás.
—Sí, ¿te parece mucho?— sonrío ella.
—No, si no me canso pero... No sé. Es bonito el camino.
—Sí, lo es. Y tu también tendrás que hacerlo cada día dos veces.
Llegaron a lakehouse. Una casa de madera pintada de rojo, justo al lado del río que se oía las 24 horas. Era relajante, y a veces estresante. Desde fuera parecía mucho más pequeña de lo que era en realidad. Tenía tres pisos. El de abajo con un comedor, enmueblado con muebles de madera oscura. Con grandes ventanales que a las 9 de la mañana permitían a los rayos de sol entrar. Unas grandes mesas con unos largos bancos habitados por más de 15 personas en cada comida reposaban en la sala. Con una gran sala de estar, normalmente vacío, lleno de sofás y con unos estantes muy altos. Todos llenos de libros y vinilos de esos que tienen años de antigüedad, de esos que aguardan recuerdos, historias, fechas y nombres con apellidos. Una cocina, con un cocinero, con grandes cazuelas, con mucha comida. Y es que alimentar a una familia tan grande en número, era difícil con poca comida. En la segunda planta había 7 habitaciones. La mayoría de ellas dobles, 3 tenían 4 literas. Había un baño para mujeres y otro para hombres.. Comunitario, con 3 duchas en cada servicio. Subiendo las escaleras, había un estudio con muebles rojos, y una sala de entrenamiento. Y sí, realmente desde fuera parecía una casa pequeña.
Entraron por la puerta principal, cubierta debajo de un porche, y se pararon en la entrada.
—¿Has estado alguna vez aquí, verdad?— preguntó Kaylee, dejando la chaqueta en el largo perchero.
—Bueno, llegué ayer aquí, sin nada. Me fui al bosque por qué mi madre me lo pidió.
Ella no respondió. Simplemente subió las escaleras y se fue a su habitación. Que desde que Claire se fue antes de ayer, sólo estaba ella allí. Abrió las ventanas, se estiró en la cama y observó su pared. Siempre le había gustado dibujar. Una pared, alta, de madera, llena de dibujos, llena de frases, llena de papeles, llena de colores. Allí dejaba todo lo que no decía con la mirada. Allí plasmaba todo lo que con palabras no decía. Una simple hoja blanca, un simple lápiz, una gran imaginación y no necesitaba nada más. Cerró los ojos y se paró a oír el río. El agua fluía más rápido de lo normal por culpa de la lluvia de ayer. Rozaba las piedras poco a poco mientras esas se desgastaban a la misma velocidad. Peces con un pulso muy ligero nadaban en el río. Pájaros con un pulso demasiado rápido volaban por las ramas. Sus ojos se iban cerrando, su mente se iba quedando en blanco, sus pensamientos se iban difuminando, un gran sueño estaba por venir cuando llamaron a la puerta.
—¿Quién es?— preguntó Kaylee con la voz adormecida.
—Soy yo Kay. ¿Se puede?— dijo Charlie medio abriendo la puerta.
Kay se sentó abrazando el cojín. Hacía frío allí dentro y se levantó a por algo que abrigase.
—¿Que ocurre?— preguntó ella mientras se enfilaba en un taburete para llegar a sus jerséis de arriba de todo del armario.
—¿Puedes presentar a Mark a todos, por favor?—preguntó Charlie separando las palabras con largas pausas.
Kaylee se lo miró con la boca abierta y todo el peso de su cuerpo en una sola pierna.
—¿Yo? ¿Por qué no puede hacerlo Claire? Ella es más sociable. ¡Todo el mundo lo sabe!—protestó ella.
—Ella no lo conoce, y es más pequeña.
—Sí, sólo un año, cuidado.—replicó bajando con un jersey azul marino.
—Va, Kay. Sólo te estoy pidiendo que presentes a una persona a otras personas que ya conoces. No es tan difícil.
—¿Y que saco yo a cambio?— preguntó ella poniéndose el jersey y sacándose el pelo de dentro de este.
Charlie se la miró, sonrío al verla ya tan mayor. Iba vestida con la falda de uniforme y un jersey azul marino que sólo era tres centímetros más cortos que su falda. Su pelo negro caía por sus hombros hasta la cadera. Su mirada verde contrastaba con el blanco de su piel, al igual que lo hacía el rojo de sus labios helados.
—Ay pequeña... Un amigo. Aunque es difícil de ganar y fácil de perder.—dijo ya saliendo por la puerta.