Hacer vida normal y no ser normal era
complicado. Compaginarlo de manera que nadie preguntase, buscar mil y
una excusas, usar a las personas que viven con ella de familiares,
cuando ni siquiera tienen la mitad del mismo ADN que ella.
Vivir en un lugar apartado del mundo,
con personas que consideraba su familia por el simple hecho de que
eran especiales cómo ella. A veces se sentía sola en aquél mundo,
en aquél instituto. Nada se parecía a ella, nada se parecía con lo
que había crecido.
Otro día más. La luz del sol entraba
por la ventana de su habitación. Más grande que la misma pared.
Abrió sus ojos, más verdes de lo normal, se levantó y fue al baño.
Encendió la ducha y se metió en ella. Nunca encendía el agua
caliente. ¿Si el agua es fría ya de por sí, por qué cambiarle la
temperatura? Al cabo de ocho minutos salió de allí. Se vistió, con
su falda negra, unos simples zapatos y una camisa blanca. Se disponía
a abrir la puerta para bajar bosque abajo cuando:
—¿No desayunas?—
le preguntó el hombre que estaba leyendo el periódico.
—Charlie, ¿cuantas veces he desayunado desde que estoy aquí?
— respondió ella con una
sonrisa fría.
—Ninguna. Vale, pero nunca está de
más preguntarlo. Que tengas un buen día Kay.—dijo
riendo.
Ella se fue, sin dar las gracias ni
nada. Él sabía que una sonrisa suya era difícil de sacar. Con eso
le bastaba.
Siete años atrás, cuando ella tenía
nueve años se despertó en medio de la noche, en medio de aquél
bosque. Ella tenía una madre, un padre, un hermano. Y se despertó,
sin nadie. Y así siguió los siguientes 7 años. En aquella casa,
rodeada de gente, pero realmente sola. Al llegar allí, simplemente
quería saber quién era. Qué había pasado. Por qué la habían
abandonado. Charlie, la acogió. Se la encontró sentada en un árbol
moribundo. En seguida supo que era uno de ellos. Lo supo por qué
bajo el árbol había cientos de pájaros muertos. No mutilados,
simplemente muertos, cómo de un infarto, cómo si fueran demasiado
viejos aunque hubieran nacido hace dos meses.
Ella sonreía al recordar aquello.
Había matado tantas cosas sin siquiera usar armas. Sin usar ni las
manos. Simplemente con mirarlos y desear que se murieran.
Sonrío para sus adentros y se puso a
andar bosque abajo. Los pájaros se iban al verla o sentirla. Todo
ser vivo con la capacidad de desplazarse o hacía. Menos las
personas. '
'Son realmente poco
inteligente.' pensaba ella
siempre. No sentían que ella les podía matar ni siquiera, y eso que
eran los seres vivos que más temían a la muerte.
Ingenuos, ilusos,
confiados, cortos, predecibles, inocentes. ¿Qué más?
Al llegar al
instituto pasó lo mismo de cada día, miradas raras, miradas de
asombro, miradas de odio, miradas de incredulidad. La miraban mal por
no haber ido al entierro de su amiga.
'¿Cómo se
llamaba? Oh, Lily creo.'
Llegó a su clase,
se sentó en su pupitre al lado de la enorme ventana, y poco a poco
llegaron todas y todos. La clase se iba llenando igual que una
bañera. Todas igual vestidas, todos igual vestidas. Todas hablando
igual, todos haciendo los mismos saludos. Todas mirando al mismo tío,
todos mirando a la misma chica. Eran cómo clones. Todos una secta.
Cuando el ambiente
se calmó la puerta se abrió, junto con el directos. Un hombre alto,
parecido a Charlie pero con menos barba y en traje, junto a un chico
de mirada verde pero vacía y de pelo castaño. Su mirada no se
fijaba en nadie, simplemente miraba por la ventana cómo si buscara
algo que había perdido. Algo que le faltaba, o algo que echaba de
menos.
—Buenos días. Hay malas y buenas noticias. Empecemos por la
mala y terminemos por lo bueno. Vengo a informarles que terriblemente
Lily Bray falleció accidentalmente, el viernes pasado en el puente
de Lymm. El entierro ya se ha realizado, pero me han pedido sus
padres que les informe por si alguien aún no lo sabía. Y la buena,
es que este chaval... Perdona, ¿cómo dijiste que te llamabas chico?
— le preguntó atrayendo su mirada aún perdida en el más allá.
—Mark.
Me llamo Mark. — dijo suavemente alzando la mirada a los alumnos
ya sentados.
Su
voz era seductora, con ese algo misterioso. Se fijó en ella. Sus
miradas se sostuvieron mientras el director pedía que le integraran
de una forma demasiado extensa. Una sonrisa apareció en los labios
de Kaylee. Ella lo sabía. Sabía que él también había sido
abandonado.

Parece una historia un poco oscura... pero, al menos de momento, a mi me ha gustado.
ResponderEliminarEscribes muy bien, mucho, haces que incluso parezca fácil, aunque no lo sea en absoluto.
Espero que pronto escribas el tercer capítulo.
:):)
Muchas gracias ay.
EliminarOscuro pero seductor, ¿se puede pedir algo más? Estaré aquí para el tercer capítulo. Es genial Ariel. T'estimo.
ResponderEliminarAy muchas gracias en serio. Te quiero.
Eliminar