domingo, 8 de septiembre de 2013

Capítulo primero.

El silencio predominaba en aquel rincón del bosque. Animales nocturnos la observaban con una mirada sin fin. El cuerpo yacía en la roca, sin respirar, sin polvo ni latido. La mirada del cadáver estaba vacía pero era como si aún la observara. Lo tendría que haber hecho desde un principio, quizás ahora ya era demasiado tarde. Las palabras corrían a veces más que el viento. El plan había funcionado pero sólo durante un paréntesis definido, y es que ella ya sabía que el silencio no era eterno. Se levantó y su propio cuerpo se desplomó junto al de su amiga, ya frío.

Al despertarse, el sol ya salía por el horizonte. Ayer terminó agotada, trabajos como aquello la consumían. Al levantar la cabeza por suerte el cadáver, ya lleno de insectos aún yacía allí. Lo cogió con todas sus fuerzas. Aquel cuerpo había sido lo más parecido a una amiga que había tenido. Aquella chica de cabellos rojos y ojos azules transparentes. Los abrazos y las sonrisas fingidas, y ahora ya no respiraba. Fue al puente del pueblo, miró hacia abajo. Sí, hasta el agua había suficiente distancia como para fingir un suicidio. Dejó el cuerpo arqueado sobre la barandilla, el peso muerto hizo que el cadáver inerte cayera al agua. Miró como éste se hundía, su mirada azul todavía se diferenciaba del tono verdoso tirando a negro del agua. Todavía no lo sabía a ciencia cierta, no sabía a ciencia cierta si el silencio había vuelto del todo. Quizás una nota, un mensaje de voz, algún comentario que levantara sospechas. Bah, ahora no estaba para tonterías. Miró el cielo, el sol ya salía por el horizonte. Aquellos días habían sido pesados, demasiados problemas, demasiadas cosas con las que pensar, demasiadas cosas que esconder. Había sido más fácil de lo que esperaba matarla y eso que era la primera vez que lo conseguía sola. Caminó por el puente, dentro de poco la noticia del suicidio ya correría por todo el pueblo. Tenía la nariz roja y las mangas de la sudadera negra mordidas. Sacó un paquete de cigarrillos del bolsillo de atrás del pantalón, encendió uno y se sentó en la acera.
Las farolas estaban medio fundidas y las cosas se distinguían vagamente, sólo resaltaba un punto rojo cada vez que hacía una calada. Se puso la caperuza esperando que el mundo se evadiera, se recogió las rodillas al pecho y los rodeó con los brazos. No recordaba el motivo por el que estaba allí sentada, ni quería recordarlo, ni pensar con el día que le esperaba, ni con nadie, sólo quería cerrar los ojos y dormir. Estaba cansada y se podía adivinar fríamente su mirada verde bajo aquellos cabellos oscuros. Estaba inmóvil como si esperase a alguien o a algo.
-Alta y delgada. Morena de ojos verdes y profundos. Sonrisa capaz de mover mares y montañas. Voz melodiosamente agradable. Sus cabellos caen como una cascada, lisos sobre sus hombros. Piernas delgadas y consistentes debido a su afición a la danza. Aplicada a la escuela pero quizás más inteligente de lo expuesto. Formal y educada hasta donde las hormonas le permiten. Tímida y debido a ello y en vista de los demás adorable. Manos capaces de moverse como mariposas y al mismo tiempo de matar a un chico de los más fuertes. Odio, mucho odio, a veces con forma de cariño pero nunca dejando de ser odio. Nada de miradas perdidas, nadie sabe dónde mira pero no está ni mucho menos perdida. No siempre encuentra lo que busca, pero se pone a buscar lo que nunca logra encontrar. No da explicaciones ni se toma la molestia de darlas, saca sus propias conclusiones y nunca comparte con nadie sus problemas. Distante pero a la vez constante. Siempre escucha lo que no debería, siempre ve lo que nadie puede. - Mientras le daba la última calada, muy larga, como cuando coges aire hasta llenar los pulmones antes de sumergirte en el agua, repasaba su vida. Repasaba en su incompleta memoria, la abstracta silueta, que en esta guardaba, del cuerpo que acababa de tirar al río. Se levantó, sin lágrimas en los ojos
. Y se dio cuenta de que nunca había tenido sentimientos

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