domingo, 3 de noviembre de 2013

Capítulo sexto.

Salieron por la puerta y bajaron al piso de abajo. Eran las 6 de la tarde y el sol ya se había ido, las luces de toda la casa estaban encendidas y la mayoría de adultos estaban entrenando.

—Ven, te voy a contar cómo funciona la casa.— le dijo Kaylee.

Él se sentó en la butaca de delante y ella cruzó las piernas por debajo del jersey que llevaba puesto. Se miraron durante unos segundos, hasta que él se movió incómodo.


—Perdona... —soltó ella.— Mira; de lunes a viernes, debes levantarte a las 6:30 cada día.


—¿Tan temprano?— resopló él.


—Acostúmbrate. Tienes tiempo libre hasta las 7:30. Yo lo aprovecharía para ducharme, vestirme y desayunar algo si no quieres desmayarte por el camino. Pide lo que sea a Craig, él te lo hará en un segundo. — añadió ella.


—¿Quién es Craig?


—El cocinero. Eres de poca intuición eh, no pillas ni una tu sólo. — sonrío Kaylee.


—Bueno, acostumbrado a tenerlo todo a mano, contigo me es difícil.— dijo Mark.


—¿Te gusta saber siempre lo que piensa la gente?— preguntó ella.


—En realidad sólo sé lo que quiero saber. Es decir, si no me interesa lo que piensa alguien, no lo sé. Igual que tu, si no quieres matar a alguien con tan solo mirarlo, no lo haces.


Ella se lo miró fijamente, entrecerrando los ojos y frunciendo el ceño. Él abrió mucho los ojos, y gritó:


—¿¡Que representa que estás haciendo?!


Ella se echó a reír a carcajadas, lo nunca visto en Kaylee. Mark se la miró mientras reía, se notaba que era feliz allí. Se notaba que era feliz siendo quién era realmente y no fingiendo, cómo hacía en el instituto y demás lugares. Su pelo negro cómo la noche recogido en un moño deshecho la hacía bella, y la luz del fuego de la chimenea daba un poco de color a sus mejillas normalmente pálidas. Él se la miraba con sus ojos verdes y su cabello de color madera despeinado por encima de ellos. Le era imposible disimular una pequeña sonrisa mientras ella reía sonoramente.


—Solamente quería asustarte. Lamento decirte que no puedo emplear mis poderes contra nadie de esta casa, ya que me es imposible. Igual que a ti. Igual que a todos. —añadió la chica mirando hacia la puerta.—¿Qué te estaba contando?


—Cómo funcionaba la casa, creo. —dijo Mark sonríendo.


Ella se mordió el labio.


—Oh sí. A las 8 debes de estar en el instituto, yo salgo de aquí a menos cuarto y llego, pero yendo al ritmo que has ido hoy no llegarás nunca. Entonces... pasas el día al instituto. Ah, y te sugiero que no vayas conmigo y que hagas amigos, ya que soy el bicho raro y normalmente nadie se acerca a mi. ¿Qué más...? Ah, sí. A las tres tienes que estar aquí por que a y cinco empieza la comida. Comemos todos juntos en el comedor. Es divertido.. es cómo pasarte la vida en un campamento de verano, siempre con las mismas personas y eso. ¿Has estado alguna vez en un campamento de verano? ¿No? Es divertido me han dicho, yo tamoco he estado en ninguno. Estoy aquí desde los nueve años, ¿sabes? Es divertido también ser el bicho raro y que todo el mundo te mire mal, sabiendo que puedes terminar con ellos en cuanto lo desees..


—Kay... te estás alterando... — dijo él tranquilamente.

—Yo... es verdad, lo siento. — dijo antes de respirar profundamente.

Su expresión cambió y volvió a ser la primera Kaylee que Mark vio; la chica de mirada fría que tanto ocultaba, la chica que casi nunca sonreía, la chica que parecía tan insensible.


—Después puedes hacer lo que quieras, los horarios de entrenamiento te los dará Charlie mañana. En fin, creo que tendré que presentarte a todo el mundo.


Se levantó se deshizo el moño y lo miró:


—Conoces a Charlie, a John y a Reiss, ¿verdad?

—Y a ti.— respondió él.

sábado, 26 de octubre de 2013

Capítulo quinto.

Kaylee se quedó mirando la puerta con una mirada fría que carecía de sentimientos. Lo cierto es que ella nunca había tenido una amiga, y mucho menos un amigo. Tenía... hermanos, y hermanas. Muchos. De todas las edades... Y Mark también lo sería dentro de poco. Pero nunca había tenido la confianza que tienen una pareja de amigos. Lo más parecido a eso que había tenido acabó muerta.
Sonrió al recordarlo pero una pequeña luz entristecida se encendió dentro suyo. Abrió la puerta y se encontró al pequeño John sentado en el pasillo con cara de enfadado.

—¿Que ocurre John?— preguntó ella agachándose para estar a la altura de sus ojos.

— El nuevo ha ocupado la cama de Mike... ¡Mike volverá! ¿Por qué duermen en su cama? ¿Y si llega hoy por la noche, o mañana por la madrugada? ¡Es injusto!— protestó el niño inocentemente.

Kaylee se lo miró, con una ternura escondida detrás de una expresión vacía. Se levantó y fue hacia la habitación de John, su difunto hermano Mike y su amigo Reiss. Abrió la puerta sin llamar antes, y miró a Mark que estaba hablando con Reiss.


—Mark, no puedes quedarte en esta habitación. — dijo ella finalmente.

—Charlie me dijo que ahora era mía, que podía dormir aquí.
—Coge tus cosas. —respondió ella. 

Se lo miró y al ver que no respondía mató a la mosca que pasaba por su lado. Él abrió mucho los ojos y cogió su maleta aún sin deshacer. Se despidió de Reiss con un golpe de cabeza y salió por la puerta.


—¿Y se puede saber por qué me has echado cuando Charlie me la dió?

—En dónde tu estabas sentado hace un minuto, hace dos semanas se sentaba un chico llamado Mike. —explicó ella.
—¿Era tu novio?— dijo él con una voz vacilante.
—No. Era el hermano de John, el niño pequeño con rizos rubios que seguramente has visto salir. Murió hace dos semanas en un Haoyu.
—¿Que es eso?—preguntó con cara de preocupación.
—Ya te lo contarán.

Llegarón a la habitación de Kaylee y ella abre la puerta.


—Puedes quedarte la cama de Claire mientras ella está fuera. Primera regla, no toques mis cosas. Segunda regla, no ronques. Tercera regla, no tengas tus cosas desordenadas. Y cuarta regla, no toques mis cosas. Otra vez. —dijo ella.

—Vale.. gracias.
—Te doy quince minutos para de te deshagas la bolsa. Luego te presentaré a todo el mundo. —añadió ella secamente.
—Kay.. digo, Kaylee, ¿por qué lo haces?—preguntó él con un hilo de voz.
—Me importaba Mike, me lo ha pedido Charlie y no quiero que John no pase mal.—respondió antes de irse.

Mark dejó su bolsa en la cama vacía. Sabía que era aquella por que la pared también carecía de color. Miró por la ventana y supo que aquella habitación era la mejor de toda la casa. Estaba al final del pasillo y daba a la esquina. Una esquina redonda ahora llena de dibujos. Se quedó parado mirandolos y se permaneció allí durante diez minutos. Los necesarios para que Kaylee volviera y lo viera allí derecho cómo una estatua.


—¿Que haces? —preguntó ella apoyada en el marco de la puerta.

—¿Los has hecho tu?—preguntó.

Ella asintió lentamente.


—Son geniales. —añadió él con un toque de sorpresa.

—Ajá, tu bolsa también lo sería si estuviera vacía. —soltó ella sarcásticamente.

Se acercó a la maleta, la abrió y de ella sacó tres jerséis de lana, dos libros, unos zapatos y unos tejanos desgastados. 


—¿Sólo llevas eso? —preguntó ella.

—Sí, con eso sobrevivo. ¿A caso necesito mucha ropa para vivir?—preguntó él.

Ella se rió a carcajadas. Él la miraba sorprendida, su pulso se aceleró. Era realmente preciosa. 



—¿De que ríes? —preguntó
—¿Por qué estás nervioso?—preguntó ella.
—¿Yo? Em.. no estoy nervioso.
—Se te ha acelerado el corazón...—añadió ella volviendo a su expresión fría. —Debes controlar eso, chaval. ¡Va, ven que te presento a lakehouse!

miércoles, 9 de octubre de 2013

Capítulo cuarto.


Se fueron por el camino que llevaba a lakehouse con un silencio incómodo. De esos que te gustaría romper con cualquier tontería con el fin de que desapareciese. Los árboles y su verde provocaban harmonía, el sol aún estaba por caer, una suave brisa corría entre las hojas de los árboles haciendo que se moviesen al ritmo de un compás desconocido. El río fluía rápidamente, y los pájaros cómo era normal, salían volando.  Mark miraba todo, intentando aprenderse el camino hacia su ahora hogar.

¿Andas todo esto cada día?— le preguntó él, mirando hacia atrás.
—Sí, ¿te parece mucho?— sonrío ella.
—No, si no me canso pero... No sé. Es bonito el camino.
—Sí, lo es. Y tu también tendrás que hacerlo cada día dos veces.


Llegaron a lakehouse. Una casa de madera pintada de rojo, justo al lado del río que se oía las 24 horas. Era relajante, y a veces estresante. Desde fuera parecía mucho más pequeña de lo que era en realidad. Tenía tres pisos. El de abajo con un comedor, enmueblado con muebles de madera oscura. Con grandes ventanales que a las 9 de la mañana permitían a los rayos de sol entrar. Unas grandes mesas con unos largos bancos habitados por más de 15 personas en cada comida reposaban en la sala. Con una gran sala de estar, normalmente vacío, lleno de sofás y con unos estantes muy altos. Todos llenos de libros y vinilos de esos que tienen años de antigüedad, de esos que aguardan recuerdos, historias, fechas y nombres con apellidos. Una cocina, con un cocinero, con grandes cazuelas, con mucha comida. Y es que alimentar a una familia tan grande en número, era difícil con poca comida. En la segunda planta había 7 habitaciones. La mayoría de ellas dobles, 3 tenían 4 literas. Había un baño para mujeres y otro para hombres.. Comunitario, con 3 duchas en cada servicio. Subiendo las escaleras, había un estudio con muebles rojos, y una sala de entrenamiento. Y sí, realmente desde fuera parecía una casa pequeña.

Entraron por la puerta principal, cubierta debajo de un porche, y se pararon en la entrada.

—¿Has estado alguna vez aquí, verdad?— preguntó Kaylee, dejando la chaqueta en el largo perchero.
—Bueno, llegué ayer aquí, sin nada. Me fui al bosque por qué mi madre me lo pidió.

Ella no respondió. Simplemente subió las escaleras y se fue a su habitación. Que desde que Claire se fue antes de ayer, sólo estaba ella allí. Abrió las ventanas, se estiró en la cama y observó su pared. Siempre le había gustado dibujar. Una pared, alta, de madera, llena de dibujos, llena de frases, llena de papeles, llena de colores. Allí dejaba todo lo que no decía con la mirada. Allí plasmaba todo lo que con palabras no decía. Una simple hoja blanca, un simple lápiz, una gran imaginación y no necesitaba nada más. Cerró los ojos y se paró a oír el río. El agua fluía más rápido de lo normal por culpa de la lluvia de ayer. Rozaba las piedras poco a poco mientras esas se desgastaban a la misma velocidad. Peces con un pulso muy ligero nadaban en el río. Pájaros con un pulso demasiado rápido volaban por las ramas. Sus ojos se iban cerrando, su mente se iba quedando en blanco, sus pensamientos se iban difuminando, un gran sueño estaba por venir cuando llamaron a la puerta.

—¿Quién es?— preguntó Kaylee con la voz adormecida.
—Soy yo Kay. ¿Se puede?— dijo Charlie medio abriendo la puerta.

Kay se sentó abrazando el cojín. Hacía frío allí dentro y se levantó a por algo que abrigase.

—¿Que ocurre?— preguntó ella mientras se enfilaba en un taburete para llegar a sus jerséis de arriba de todo del armario.
—¿Puedes presentar a Mark a todos, por favor?—preguntó Charlie separando las palabras con largas pausas.

Kaylee se lo miró con la boca abierta y todo el peso de su cuerpo en una sola pierna.

—¿Yo? ¿Por qué no puede hacerlo Claire? Ella es más sociable. ¡Todo el mundo lo sabe!—protestó ella.
—Ella no lo conoce, y es más pequeña.
—Sí, sólo un año, cuidado.—replicó bajando con un jersey azul marino.
—Va, Kay. Sólo te estoy pidiendo que presentes a una persona a otras personas que ya conoces. No es tan difícil.
—¿Y que saco yo a cambio?— preguntó ella poniéndose el jersey y sacándose el pelo de dentro de este.


Charlie se la miró, sonrío al verla ya tan mayor. Iba vestida con la falda de uniforme y un jersey azul marino que sólo era tres centímetros más cortos que su falda. Su pelo negro caía por sus hombros hasta la cadera. Su mirada verde contrastaba con el blanco de su piel, al igual que lo hacía el rojo de sus labios helados.
—Ay pequeña... Un amigo. Aunque es difícil de ganar y fácil de perder.—dijo ya saliendo por la puerta.




sábado, 14 de septiembre de 2013

Capítulo tercero.



El director desapareció y el chico fue andando, casi arrastrando los pies hasta el pupitre de delante de Kay. Ella conocía esta actitud. Ella también había ido por primer día en el instituto, y también se había sentido sola. Pero no sentía pena hacia aquél chico llamado Mark. Charlie lo había acogido, de esto estaba segura, y tenía que pasar por el mismo entrenamiento que todos. Pobre chico. Pasar de ser humano, a ser un Xarkz en cuestión de horas. Ella sonrío.

—Hola me llamo Kaylee.
—Vale. Yo Mark.— respondió él dándole la espalda.

'¿Y a este que le ocurre? Para recibir respuestas así no le hablo más.' E intentó prestar atención en clase matando las hormigas que pasaban por la pared. Primero una. Después la otra. La siguiente y así hasta que una inteligente cambió el rumbo de la ruta. Suspiró. Miró hacia la pizarra. Y él la observaba con una expresión de sorpresa.

—¿Que ocurre? — preguntó ella.

Él abrió más los ojos y devolvió la mirada de advertencia del profesor. Pasaron las horas, y de vez en cuando él la miraba de reojo con cierto respeto. Ella siempre miraba hacia la ventana.

'¿Y si Lily se lo contó a alguien de aquí?' pensó.

Levantó la vista del suelo del patio del instituto, y observó la clase. Todos igual de tontos, todos igual de ilusos. Nadie parecía saber nada. Aunque se pillaba antes a un mentiroso que a un cojo. Bah, ya le pediría a alguien de la lakehouse que la ayudara.


Sonó el timbre. Recogió sus cosas mientras toda la clase se vaciaba. Esperó a que no quedara ninguna alma andante sentada encima de la mesa. Los profesores aún circulaban por los pasillos pero ya no le decían nada por qué siempre era la última al salir. Cogió la mochila, se la puso a la espalda y bajó escaleras abajo. Más rápido de lo que una adolescente normal en falda podría. Podía sentir que aún había una pareja en el servicio de chicas, podía sentir el conserje dentro de una aula limpiando las mesas, podía sentir el pájaro durmiendo encima en el marco de la puerta de la entrada. Sentir sus respiraciones, y sus corazones. De pequeña siempre había pensado que era normal. Que todo ser vivo podía sentirlo. Hasta que mató su perro, mirándolo, cuando le rompió sus zapatillas de danza. Su madre se la miro, aterrorizada. La cogió en brazos y se la llevó al bosque. Sólo repetía: eso es una leyenda, es una leyenda, no está pasando, no está pasando. No puede ser verdad. Es sólo un cuento. Ella no lo ha hecho. 
Entonces la sentó encima de un árbol y le dijo: Mátalo. Mata al pájaro que tienes delante. Desea matarlo. Desealo con todas tus fuerzas. Cómo si el pájaro te hubiera roto las zapatillas de danza. 
Y una Kaylee de 9 años le robó la vida a la libre ave que reposaba en la rama de delante. Su madre se la miró con los ojos muy abiertos y sus últimas palabras fueron: De aquí no te muevas, ¿entendiste?

Salió por la puerta principal y muchos pájaros alzaron el vuelo. Se paró y se los miró. Entonces una mano se puso encima de su hombro derecho. La cogió por la muñeca y la giró, hasta dejar al individuo inmovilizado. 
Era Mark. El chico de su clase, de mirada verde. 

—¿Qué quieres? — le preguntó aún con su brazo pegado a su espalda.  
—Sólo quería decirte si sabes cómo ir a lakehouse. Joder, suéltame. —dijo haciendo fuerza.  


Ella le soltó y el sacudió sus brazos cómo si estuvieran llenos de polvo.   


—¿Quién eres? — le preguntó Mark.  
—Kaylee, ya te lo he dicho antes. 
—Ya sé tu nombre. Te preguntaba quién o qué eres. —dijo él arreglándose el pelo. 
—Soy Xarkz, al igual que tu. — dijo ella con una sonrisa pícara.   

Él la observó. Respiro, se rasco la cabeza y suspiró.   


—¿Cómo sabes tu eso? 
—A mi también me abandonaron. A mi Charlie también me acogió. Yo también tengo un Zolidws que ocultar. Y también vivo en lakehouse. Y si no fueras un Xarkz hubiera notado tu latido y tu respiración antes de que me tocaras.  

Él la observó de nuevo. Con admiración. Sus miradas verdes se parecían demasiado. Él tratando de vaciarla, de adivinar todo lo que pensaba.  

—No lo intentes, no podrás.— le dijo ella mientras encendía un cigarro y se marchaba en dirección lakehouse.
—¿El qué? — preguntó él siguiéndola.  
—Leerme la mente.

jueves, 12 de septiembre de 2013

Capítulo segundo.

Hacer vida normal y no ser normal era complicado. Compaginarlo de manera que nadie preguntase, buscar mil y una excusas, usar a las personas que viven con ella de familiares, cuando ni siquiera tienen la mitad del mismo ADN que ella.
Vivir en un lugar apartado del mundo, con personas que consideraba su familia por el simple hecho de que eran especiales cómo ella. A veces se sentía sola en aquél mundo, en aquél instituto. Nada se parecía a ella, nada se parecía con lo que había crecido.
Otro día más. La luz del sol entraba por la ventana de su habitación. Más grande que la misma pared. Abrió sus ojos, más verdes de lo normal, se levantó y fue al baño. Encendió la ducha y se metió en ella. Nunca encendía el agua caliente. ¿Si el agua es fría ya de por sí, por qué cambiarle la temperatura? Al cabo de ocho minutos salió de allí. Se vistió, con su falda negra, unos simples zapatos y una camisa blanca. Se disponía a abrir la puerta para bajar bosque abajo cuando:


¿No desayunas?le preguntó el hombre que estaba leyendo el periódico.
—Charlie, ¿cuantas veces he desayunado desde que estoy aquí? respondió ella con una sonrisa fría.
Ninguna. Vale, pero nunca está de más preguntarlo. Que tengas un buen día Kay.—dijo riendo.

Ella se fue, sin dar las gracias ni nada. Él sabía que una sonrisa suya era difícil de sacar. Con eso le bastaba.

Siete años atrás, cuando ella tenía nueve años se despertó en medio de la noche, en medio de aquél bosque. Ella tenía una madre, un padre, un hermano. Y se despertó, sin nadie. Y así siguió los siguientes 7 años. En aquella casa, rodeada de gente, pero realmente sola. Al llegar allí, simplemente quería saber quién era. Qué había pasado. Por qué la habían abandonado. Charlie, la acogió. Se la encontró sentada en un árbol moribundo. En seguida supo que era uno de ellos. Lo supo por qué bajo el árbol había cientos de pájaros muertos. No mutilados, simplemente muertos, cómo de un infarto, cómo si fueran demasiado viejos aunque hubieran nacido hace dos meses.
Ella sonreía al recordar aquello. Había matado tantas cosas sin siquiera usar armas. Sin usar ni las manos. Simplemente con mirarlos y desear que se murieran.
Sonrío para sus adentros y se puso a andar bosque abajo. Los pájaros se iban al verla o sentirla. Todo ser vivo con la capacidad de desplazarse o hacía. Menos las personas. '
'Son realmente poco inteligente.' pensaba ella siempre. No sentían que ella les podía matar ni siquiera, y eso que eran los seres vivos que más temían a la muerte.
Ingenuos, ilusos, confiados, cortos, predecibles, inocentes. ¿Qué más?

Al llegar al instituto pasó lo mismo de cada día, miradas raras, miradas de asombro, miradas de odio, miradas de incredulidad. La miraban mal por no haber ido al entierro de su amiga.
'¿Cómo se llamaba? Oh, Lily creo.'
Llegó a su clase, se sentó en su pupitre al lado de la enorme ventana, y poco a poco llegaron todas y todos. La clase se iba llenando igual que una bañera. Todas igual vestidas, todos igual vestidas. Todas hablando igual, todos haciendo los mismos saludos. Todas mirando al mismo tío, todos mirando a la misma chica. Eran cómo clones. Todos una secta.
Cuando el ambiente se calmó la puerta se abrió, junto con el directos. Un hombre alto, parecido a Charlie pero con menos barba y en traje, junto a un chico de mirada verde pero vacía y de pelo castaño. Su mirada no se fijaba en nadie, simplemente miraba por la ventana cómo si buscara algo que había perdido. Algo que le faltaba, o algo que echaba de menos.

—Buenos días. Hay malas y buenas noticias. Empecemos por la mala y terminemos por lo bueno. Vengo a informarles que terriblemente Lily Bray falleció accidentalmente, el viernes pasado en el puente de Lymm. El entierro ya se ha realizado, pero me han pedido sus padres que les informe por si alguien aún no lo sabía. Y la buena, es que este chaval... Perdona, ¿cómo dijiste que te llamabas chico? — le preguntó atrayendo su mirada aún perdida en el más allá.

Mark. Me llamo Mark. — dijo suavemente alzando la mirada a los alumnos ya sentados.

Su voz era seductora, con ese algo misterioso. Se fijó en ella. Sus miradas se sostuvieron mientras el director pedía que le integraran de una forma demasiado extensa. Una sonrisa apareció en los labios de Kaylee. Ella lo sabía. Sabía que él también había sido abandonado.



domingo, 8 de septiembre de 2013

Capítulo primero.

El silencio predominaba en aquel rincón del bosque. Animales nocturnos la observaban con una mirada sin fin. El cuerpo yacía en la roca, sin respirar, sin polvo ni latido. La mirada del cadáver estaba vacía pero era como si aún la observara. Lo tendría que haber hecho desde un principio, quizás ahora ya era demasiado tarde. Las palabras corrían a veces más que el viento. El plan había funcionado pero sólo durante un paréntesis definido, y es que ella ya sabía que el silencio no era eterno. Se levantó y su propio cuerpo se desplomó junto al de su amiga, ya frío.

Al despertarse, el sol ya salía por el horizonte. Ayer terminó agotada, trabajos como aquello la consumían. Al levantar la cabeza por suerte el cadáver, ya lleno de insectos aún yacía allí. Lo cogió con todas sus fuerzas. Aquel cuerpo había sido lo más parecido a una amiga que había tenido. Aquella chica de cabellos rojos y ojos azules transparentes. Los abrazos y las sonrisas fingidas, y ahora ya no respiraba. Fue al puente del pueblo, miró hacia abajo. Sí, hasta el agua había suficiente distancia como para fingir un suicidio. Dejó el cuerpo arqueado sobre la barandilla, el peso muerto hizo que el cadáver inerte cayera al agua. Miró como éste se hundía, su mirada azul todavía se diferenciaba del tono verdoso tirando a negro del agua. Todavía no lo sabía a ciencia cierta, no sabía a ciencia cierta si el silencio había vuelto del todo. Quizás una nota, un mensaje de voz, algún comentario que levantara sospechas. Bah, ahora no estaba para tonterías. Miró el cielo, el sol ya salía por el horizonte. Aquellos días habían sido pesados, demasiados problemas, demasiadas cosas con las que pensar, demasiadas cosas que esconder. Había sido más fácil de lo que esperaba matarla y eso que era la primera vez que lo conseguía sola. Caminó por el puente, dentro de poco la noticia del suicidio ya correría por todo el pueblo. Tenía la nariz roja y las mangas de la sudadera negra mordidas. Sacó un paquete de cigarrillos del bolsillo de atrás del pantalón, encendió uno y se sentó en la acera.
Las farolas estaban medio fundidas y las cosas se distinguían vagamente, sólo resaltaba un punto rojo cada vez que hacía una calada. Se puso la caperuza esperando que el mundo se evadiera, se recogió las rodillas al pecho y los rodeó con los brazos. No recordaba el motivo por el que estaba allí sentada, ni quería recordarlo, ni pensar con el día que le esperaba, ni con nadie, sólo quería cerrar los ojos y dormir. Estaba cansada y se podía adivinar fríamente su mirada verde bajo aquellos cabellos oscuros. Estaba inmóvil como si esperase a alguien o a algo.
-Alta y delgada. Morena de ojos verdes y profundos. Sonrisa capaz de mover mares y montañas. Voz melodiosamente agradable. Sus cabellos caen como una cascada, lisos sobre sus hombros. Piernas delgadas y consistentes debido a su afición a la danza. Aplicada a la escuela pero quizás más inteligente de lo expuesto. Formal y educada hasta donde las hormonas le permiten. Tímida y debido a ello y en vista de los demás adorable. Manos capaces de moverse como mariposas y al mismo tiempo de matar a un chico de los más fuertes. Odio, mucho odio, a veces con forma de cariño pero nunca dejando de ser odio. Nada de miradas perdidas, nadie sabe dónde mira pero no está ni mucho menos perdida. No siempre encuentra lo que busca, pero se pone a buscar lo que nunca logra encontrar. No da explicaciones ni se toma la molestia de darlas, saca sus propias conclusiones y nunca comparte con nadie sus problemas. Distante pero a la vez constante. Siempre escucha lo que no debería, siempre ve lo que nadie puede. - Mientras le daba la última calada, muy larga, como cuando coges aire hasta llenar los pulmones antes de sumergirte en el agua, repasaba su vida. Repasaba en su incompleta memoria, la abstracta silueta, que en esta guardaba, del cuerpo que acababa de tirar al río. Se levantó, sin lágrimas en los ojos
. Y se dio cuenta de que nunca había tenido sentimientos

Jugadas Imprecisas.

Si caemos, caeremos y todos sabrán dónde estamos. Estaremos bajo sus pies y a veces es inevitable.
A veces la mejor opción es callar, escuchar, preparar una jugada y poner en marcha el juego.
Observar el contrincante, estudiar sus movimientos, calcular el intervalo de sus respiraciones.
Saber a qué juega y cómo juega.
Saber que piensa y qué pasa por alto.
Seguir su caminar sin que se dé cuenta de nada, ser como su sombra invisible.
Ponerse en su piel y saber cómo actuará.
Jugar desde dos lados, mirarlo todo con sus ojos.
La vida trata de eso, de saberte mover por el terreno, de saber volar si lo necesitas.
Tómatelo como un juego, las reglas son sencillas. Las reglas las pones tú, el tablero del juego también, la inteligencia también, la vista y la estrategia también. No tienes nada que perder, a no ser que... Caigas.